aceptación y contentamiento

Déjame contarte sobre mi verano en India. Me inscribí en otra formación de profesores de yoga, esta vez en Rishikesh, porque ¿dónde más se pueden aprender las verdaderas enseñanzas si no es en la casa del yoga? Camino al ashram, me encantaba simplemente mirar por la ventana del coche, hipnotizada por el verde brillante del bosque, aunque más de una vez tuve flashbacks de manejar en la Ciudad de México por tantos baches en el camino. Finalmente llegué con el trasero adolorido. Pero la vista valió la pena.

Siguiente parada: un hotel junto al ashram, mi nuevo hogar durante el primer mes. La entrada estaba en la parte trasera del edificio, un pasillo muy angosto, una calle de tierra sin pavimentar y decorada con popó de vaca. Logré pasar por una reja rota y subir mi equipaje hasta el segundo piso. Me abrieron la puerta de un cuartito oscuro con un olor fuerte que venía del baño, sin ventana ni ningún tipo de ventilación, sin luz a esa hora, solo moho y suciedad por donde volteara. ¡Mazmorra dulce mazmorra!

Corrí a la oficina de la escuela y casi les rogué que me cambiaran de habitación. Escucharon con paciencia mi explicación, un poco dramática, y lograron darme un cuarto con ventana hacia la calle principal. Un mes de peregrinaje apenas comenzaba: día y noche pasaba la “gente naranja”, devotos de Shiva de todos los rincones de India, gritando de alegría a las 4 am camino a la madre Ganges. Pero yo tenía mi ventana… Lección número 1: karma.

El primer día fue sencillo: ceremonia del fuego, bienvenida e introducción, una linda comida tradicional ayurvédica, y las clases de la tarde comenzaron. Ahora empieza lo bueno: despertar a las 5 am para shatkarma, pranayama, desayuno, filosofía, práctica de ashtanga, clase de anatomía, ajustes, hatha, meditación, sankalpa, cena y a dormir. Aprender fue increíble. Ese tiempo dentro del shala no tuvo precio, pero apenas salía de ahí llegaban la incomodidad y la insatisfacción con todo lo demás: la comida, la higiene, los insectos, el popó, la pobreza, el moho, los olores, las multitudes, el ruido… Lección número 2: las expectativas incumplidas crean frustración.

Antes de este viaje me consideraba una persona que no se quejaba. Me veía a mí misma como una mujer humilde que entendía que hay que adaptarse donde sea y como sea. Qué poco me conocía. Nunca me había costado tanto aceptar circunstancias así. Fue una batalla diaria conmigo misma para sentir comodidad y contentamiento con lo que tenía en ese momento, y siendo honesta, no creo haber alcanzado esa paz y alegría plenas, aunque nos lo enseñaban todos los días en clase… Lección número 3: el autoconocimiento no tiene fin.

La sociedad occidental ha puesto los parámetros para ser felices, crea deseos, y buscamos el máximo confort que nos da seguridad y placer. Rara vez nos damos cuenta de la suerte que tenemos de ser parte de una sociedad capaz de conseguir lo que necesita en el momento que lo quiere. Escribo “necesita”, no “quiere”, porque fácilmente confundimos una cosa con la otra.

Así que sí, somos muy afortunados, pero también estamos condenados a la falta de consciencia y de paz mental, esa paz mental que nunca se siente satisfecha porque siempre estará buscando más deseos que cumplir.

Mi intención con estas palabras no es sermonear a nadie sobre nada, solo invitarte a hacer una práctica pequeña y sencilla de aceptación y contentamiento. Me doy cuenta de lo fácil que es dejarnos cegar por la comodidad y los privilegios a los que podemos aspirar, y eso no está mal. A mí también me pasa. Es parte de buscar una mejor calidad de vida. Pero mientras tratamos de sentir eso, no olvides sentir gratitud por las circunstancias que tienes en la vida, las agradables y las desagradables. No siempre podemos controlar esas circunstancias, así que nuestra felicidad no debería depender de ellas.

Practicar estas dos cualidades, aceptación y contentamiento, es un paso enorme para darle libertad a nuestro Ser y nutrir la compasión hacia los demás. Estas dos palabras fueron el regalo más grande que recibí, y estaré agradecida por siempre… Mi mayor lección.

Me despido con esta frase que resume el espíritu de lo que quiero decir:

“La serenidad llega cuando cambias las expectativas por la aceptación.”
(Anónimo)

Solo para reír un poco, algunos momentos destacados de mi experiencia:

Que me pasaran un catéter por la nariz y lo sacaran por la boca.
Darles sandía y plátano a las vacas.
Hacer las paces con las moscas que volaban del popó a mi cara.
Caerme por 7 escalones de una escalera de fierro dolorosísima, sin romperme ningún hueso.
Poner los dos pies detrás de la cabeza.
Defenderme cuando unos changos ladrones y mañosos me amenazaron.
Un récord mundial (seguramente) de comer arroz con coliflor todos los días durante 2 meses.
Tomarme selfies con desconocidos.
Tener moho en todos lados, y cuando digo todos lados me refiero hasta en mi pasaporte.
Compartir mi cuarto con un ratoncito muy necio.
Consentirme con mangos deliciosos y chocolate vegano hecho en casa.
Lavar la ropa a mano cada semana.
Esquivar el interminable popó de perros, changos y vacas.